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La imagen ::


La imagen del Cristo es muy pequeña: tiene 15 cm. de pies a cabeza y los brazos abiertos en forma de horqueta miden 14 cm. está hecha según el estilo escultórico colonial o indegenocolonial, en cerámica o yeso, y está pintada de color ocre, blanco, negro y rojo. Tiene las rodillas un poco arqueadas y abiertas.

Las manos están deterioradas. Inicialmente estaba con las manos abiertas y los clavos –como suele representarse popularmente- perforan sus palmas. Hoy ambas manos han perdido sus pulgares, y los cuatro dedos restantes de la mano izquierda tienen las puntas de los dedos quebrados. Pero corre abundante sangre de ellas y hay sangre pintada por debajo, en la misma cruz; sangre que cae abriéndose como un abanico.

Las rodillas están muy heridas, desolladas, para recordarnos las caídas en el camino hacia el Gólgota; unos regueritos de sangre bajan de ellas. Ambos pies están clavados con un solo clavo; el derecho sobre el izquierdo, muy arqueados, pues la planta del derecho toca casi totalmente el madero de la cruz. Hay mucha sangre y también un abanico de regueros mana debajo de ellos bañando la parte baja de la cruz.

Su costado está muy llagado. Es el Cristo muerto que vio el apóstol San Juan en la Cruz: “de su costado manó sangre y agua”. La sangre es mucha, le mancha todo el costado del cuerpo, desde la herida para abajo, e incluso empapa parte del paño pardo con que está vestido el Cristo.

Se le marca bien el abdomen hundido, porque ya ha dado aquel gran grito del que nos habla el Evangelio encomendado su Espíritu al Padre, y ha expirado: ha dado su último aliento por los hombres.


Lleva en su cabeza una corona de espinas en forma de casquete que con sus agudas puntas ha dañado mucho la cabeza; tiene manchas de sangre en el pelo y dos grandes chorros corren por detrás de las orejas y bajan por ambos lados del cuello juntándose debajo de él. Tiene el pelo muy largo y le cubre ambos hombros.
Tiene bigotes y barba puntiaguda, como la usaban los españoles de la época. Tiene los ojos cerrados y la barbilla descansa sobre el pecho, porque ha dado ya su vida, y todavía no la ha vuelto a tomar, como prometiera Él mismo en el Evangelio según san Juan.

Está muerto, y como todo muerto parece sordo ciego y callado.
Pero éste es el único sordo al que elevamos nuestros clamores, y lo hacemos despacito –en el silencio de nuestro corazón- porque de Él sabemos que escucha, hasta el latido de los peces en el fondo del mar.
Está ciego, como todo muerto, pero es al único ciego que le pedimos que mire las miserias de nuestras almas y que mirándolas las cure, porque sabemos que su mirada cerrada llega más allá de la última estrella del universo.
Está callado, como todo muerto. Pero su silencio es más elocuente que los gritos de las multitudes que pidieron su muerte.

Autor: P . MIGUEL ANGEL FUENTES
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